El fin de un ciclo

 El heterogéneo grupo de viajeros llegó por fin al Peñón del Viento, descendiendo por el abrupto sendero de las cimas. Todos y cada uno de ellos había tenido que enfrentarse a sus propios demonios, y ahora, abatidos por la experiencia, caminaban para dejar atrás el Risco Olvidado.

 

Al llegar a la pequeña población del Peñón, uno de los lugareños se acercó al grupo, sorprendido por verles de vuelta. Jamás, en todo el largo tiempo que el hombre había vivido en la Sierra de Brancino, nadie había visto regresar viajero alguno de aquel sendero hacia la perdición. Aquella mañana los extraños vientos mágicos del Risco habían disipado la Bruma, y las leyendas quedaban para el recuerdo y la historia. El Risco Olvidado les había permitido marcharse.

 

Uno de los viajeros dio un paso al frente del grupo en gesto solemne, dirigiéndose al lugareño que había salido a recibirles. De todas las cosas que había pensado contar en un momento así, sólo una pregunta salió de su boca.

 

¿Qué fecha es hoy, buen hombre?”

 

Hoy es el tercer día de la quinta semana del Fuego del año 84 del Muro, viajero.”

 

Algunos de los viajeros recibieron la noticia con gesto compungido. Otros mantuvieron un gesto estoico. Otros derramaron lágrimas. Otros respiraron aliviados.

 

Un súbito estruendo hizo vibrar sus cuerpos, y el temblor de toda la montaña al partirse hizo que las gentes del Peñón corrieran a resguardarse. Los viajeros sólo reaccionaron mirando hacia atrás, elevando la vista hacia el cielo.


 

 

El brujo Abraxas se sentó en el sillón, disfrutando del silencio de la soledad. Durante más de cuarenta mil días había formado parte de aquel lugar; sus cielos, sus gentes, sus árboles y rocas. Aquél día, por primera vez en cien años, volvía a ver a través de sus ojos, escuchar a través de sus oídos, sentir a través de su piel. También se sentía por fin liberado de la interminable persecución que le había obligado a convertirse en un monstruo, un criminal y un tirano.

 

En la interminable soledad del Risco sólo quedaría él, pues nadie más podría sobrevivir a la infecciosa contaminación mágica que había quedado esparcida por todo el Risco, acumulada durante tantos y tantos años. Nadie, salvo el propio Abraxas.

 

Allí nadie podría darle muerte.

 

Así, desde su trono en la cima de aquel paraje desolado, en lo más alto de la Sierra de Brancino, Abraxas tomó las pesadas riendas mágicas del Ciclo, que habían quedado sin dueño al romperse su prisión, y las utilizó desatando todo su prodigioso poder.

 

Brancino tembló al quebrarse sus cimas. En medio de un estruendo estremecedor, el Risco Olvidado se arrancó del resto de la montaña, alzándose hacia los cielos, envuelto en los restos de la Bruma. La roca se separó de las montañas, impulsada por la magia, iniciando un viaje sin rumbo más allá de las nubes. Por fin Abraxas era libre… para poder estar solo.


 

 

Antígulat Marcio terminó de atravesar el túnel mágico que su marchito siervo le había ayudado a mantener abierto. Rascagranos había aguardado con impaciencia el regreso de su Amo y su comitiva, escondiéndose de los curiosos, pero la llegada en solitario de su maestro le asustó y alarmó. El mago oscuro estaba malherido y casi moribundo, con varios cortes y algunas flechas clavadas en el cuerpo. El mediano procuró atender sus heridas, mientras se preguntaba en un incoherente monólogo acerca del destino de los demás secuaces de su señor y el éxito de su tarea. Antígulat sacó un pequeño vial del interior de su capa escarlata y se lo mostró al mediano.

 

Hemos fracasado. Él nos negó nuestro premio. Pero al menos tenemos esto.”

 

La agridulce noticia inquietó al mediano, pues conocía el significado de lo ocurrido. No podría ser libre. No mientras su maestro aún le retuviera, ansiando su Premio. Mientras el mago se deshacía en maldiciones y nuevos planes, cargados de frustración e ira, una figura surgió de las sombras sobre ambos. El rostro de Marcio se quebró, echando a un lado el fervor para dejar sitio a un respetuoso pavor.

 

¿Medianoche? ¿Qué hacéis aquí?”

 

Las sombras rielaron y dejaron levemente entrever algunos rasgos de la imponente presencia de Medianoche. Las escasas rendijas de su brutal armadura acorazada permitían distinguir el profundo color negro de su piel de ogresa. Sus cabellos de tono azabache caían sobre sus hombros cubriendo un ostentoso medallón de oro, regalo reciente. Sólo la mitad de su rostro quedaba al descubierto pues el resto estaba oculto detrás de su media máscara de ónice, más negra aún que su piel y su corazón.

 

¿Otra vez huyendo, Antígulat? Ya es suficiente. Has tenido tiempo para dedicarte a tus pequeños juegos de Susurrador en el Viejo Reino, Señor del Abismo. Ahora asume tu papel, y deja de perseguir el regalo que la Diosa no ha querido entregar a alguien tan pequeño, pequeño, pequeño… Por culpa de Susurradores como tú, me he visto obligada a viajar a este lado del Muro. Al menos verás las cosas hacerse como se deben hacer. Aprende, Marcio, y quizá vuelvas a tener una oportunidad. Cura tus torpes heridas, y regresa al otro lado del Muro. La Diosa te reclama…”

 

La queja del mago oscuro quedó ahogada con las últimas palabras de la ogresa. Tan sólo pudo articular unas pocas palabras:

 

Como desee la Diosa, así sea su voluntad”

 

Otra cosa, Antígulat. Tu mediano. Él no atraviesa el Muro. Mátalo.”

 

Marcio asintió en silencio. Rascagranos derramó una pequeña lágrima que recorrió su ajadísimo rostro, que no pudo evitar dibujar una sonrisa.


 

 

Zalastes cerró el Diario de Daimós. Ni la encuadernación, hecha de la piel del propio autor, ni la tinta, de la propia sangre de Daimós, horrorizaron tanto al mago como el contenido del texto que había leído a la luz de la chimenea. El mago escarlata meditó durante varios largos minutos.

 

Un mal menor por un bien mayor…”, murmuró. Segundos después, el Diario de Daimós de la Furia Carmesí fue pasto de las llamas.