El León y el Carnero
“¡Abuelo Ezar!”, exclamaron los tres muchachos, “¡Cuéntanos una de tus historias!”
Ezar Cor terminó de atizar el fuego de su chimenea, y tal y como acostumbraba volvió a su mecedora dispuesto a narrar uno de sus cuentos.
“Ya os he contado la gran historia de la Batalla de la Llanura de las Cenizas. ¿Queréis oír la del Dragón de Ébano? ¿O quizá la del Risco Olvidado?”
“¡Esas ya las conocemos, abuelo!”, exclamó uno de los pequeños. “¡Cuéntanos una historia nueva!”
“Si, ¡una nueva!”, secundó el más joven.
Cor se recostó en el cojín de su asiento y comenzó a mecerse lentamente, recorriendo mentalmente la infinidad de leyendas que
había ido aprendiendo sobre los Reinos a lo largo de su vida.
“Una historia nueva… os contaré una vieja historia, más vieja que el Muro, que el Risco, que el Dragón, que la Cábala o que yo mismo... Una historia que sucedió hace cientos de años, en el tiempo de la caída de la élfica ciudad de Cristara. Una de las pocas historias que nos han llegado de aquellos tiempos cada vez más olvidados. Es el cuento de dos hermanos y sus ejércitos… Bálvar el Bravo, a quien apodaban el Carnero por su carisma, bravura y arrojo, y Faldrin el Fiel, a quien conocían como el León por su templanza, su valor y su nobleza de espíritu. La historia de un final y un principio… que comenzó cuando ambos ejércitos se encontraron por fin en el valle del río Tarlio…”
Ambos ejércitos se
encontraron por fin en el valle del río Tarlio, en las tierras de Agerión. Los Fieles de Faldrin y los Bravos de Bálvar habían seguido a sus señores a lo largo de los años en numerosas batallas, y por fin los dioses les observarían y decidirían cuál de los dos hermanos era el de más valía, digno del Premio. Carneros y Leones instalaron sus campamentos a ambos lados del río y lucharon sin descanso en nombre de sus señores.
Durante días el odio y la sangre tiñeron las aguas del Tarlio, y Leones y Carneros batallaron sin descanso hasta la muerte.
Durante semanas los campamentos crecieron y las defensas se reforzaron, asentando cada vez más la posición de ambos hermanos y sus huestes en el valle.
Durante años el conflicto se alargó, sin que Bálvar y Faldrin pudieran resolver su disputa, como si los dioses prolongaran cruelmente su partida de Satrán.
Tras un interminable conflicto, en una última batalla que los descendientes de Leones y Carneros recordarían hasta el fin de los tiempos, los dos hermanos cruzaron sus aceros una y otra vez, decididos a poner punto y final a su eterna disputa. Finalmente ambos clavaron su acero en las tripas del otro y se dieron muerte al mismo tiempo, sin que ni los dioses ni la historia pudiesen jamás determinar quién había sido el vencedor de su contienda.
Viendo que por fin la larga guerra había acabado, y privados de un señor al que seguir, los ejércitos de Carneros y Leones volvieron la vista a sus campamentos. Lo que años atrás habían sido improvisados asentamientos y defensas, con el paso del tiempo habían ido convirtiéndose poco a poco en pequeñas ciudades y sus familias se habían instalado en ellas. Habían vivido sus vidas en torno a aquel valle, y en él habían nacido y crecido sus hijos. Agerión era ahora su hogar, y tomaron la decisión de permanecer allí, uniendo ambas ciudades en una sola. Fue así como nació Édalis, la Ciudad Partida, hija de la Guerra de Hermanos, y también cómo Carneros y Leones abandonaron las armas para convivir en el lugar en el que durante tanto tiempo habían luchado.
Desde aquel día Édalis creció y prosperó, y con el paso de las generaciones los Leones y los Carneros convivieron en paz, aunque sin olvidar jamás la historia de su rivalidad, que les ha mantenido separados como el agua y el aceite hasta nuestros días.
Aún hoy se celebra en Édalis cada año la fiesta de la Guerra de Hermanos en conmemoración y constante recordatorio de su propia historia, en la que los lejanos descendientes de las huestes de Faldrin y Bálvar reviven el antiguo conflicto entre festejos, juegos y recreaciones bélicas. La historia y la tradición de la ciudad de Édalis viven aún hoy gracias al arraigo que sienten sus habitantes hacia sus tradiciones y leyendas, al precio de mantener viva una rivalidad a mitad de camino entre un amor y un odio imposibles de reconciliar…
Tras una breve pausa al final de la historia, el más joven de los muchachos rompió el silencio. “Abuelo…”
“¿Sí, Alvin?”
“¿Por qué luchaban los hermanos? ¿Cuál era el Premio?”
El viejo Ezar Cor volvió a recostarse en su mecedora, perdiendo la mirada en el fuego. “Esa sí es una historia larga y difícil de contar, niños…"
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