La Legión de Marfil

Faldrin Filodraco apoyó el pie sobre el torso de su enemigo y tiró de la espada con fuerza para recuperar su arma. La adrenalina invadía su cuerpo con cada enemigo al que se enfrentaba, sin lograr hacer retroceder la marea de carne de la Legión de Marfil. A su lado, Lebriana y Aldo protegían su flanco manteniendo a duras penas la formación, oleada tras oleada.

 

Hacía ya dos días que habían seguido a Rego del Draco a la batalla para defender al Viejo Reino de la invasión de la Oscuridad, aunque ni en sus peores pesadillas habrían imaginado el alcance de aquel horror tenebroso. Y es que más allá de las criaturas y seres oscuros que narraban las historias de sus abuelos, a lo último a lo que habrían esperado enfrentarse era a los cuerpos de los habitantes de la Comarca del Draco, sometidos por la magia negra de la Diosa.

 

Los hijos, hermanos y amigos del ejército de la Gran Casa, marchaban obligados a luchar contra ellos como muertos en vida, manejados por sus siniestros titiriteros de Ónice.“Temed a la Legión de Marfil”, decían los malheridos supervivientes. “Los muertos caminan para traernos la Oscuridad”. Esa situación había quebrado las mentes de muchos de los más valientes soldados de la línea, pero Faldrin y sus compañeros se mantenían cuerdos y alerta, intentando luchar sin pararse a pensar en el rostro y la identidad de sus adversarios.

 

 

Sin embargo, la espada que Faldrin acababa de sacar del cuerpo de la Máscara de Marfil estaba manchada de sangre fresca y pudo escuchar el sonido de un sollozo, un lamento de dolor que provenía de su enemigo. Horrorizado, vio que un profuso torrente de sangre manaba de aquella herida.

 

Sólo los vivos sangraban así. Sólo los vivos sienten el dolor de sus heridas.

 

Faldrin buscó desesperado la mirada de sus compañeros, tratando de encontrar un sentido a todo aquello en medio de la locura de la batalla, lo que le hizo bajar la guardia durante un instante. Fue como si el sol fuera incapaz de dar luz a su alrededor. Apenas pudo percatarse de aquella Máscara que arremetió contra él, emergiendo entre los cadáveres del resto de la Legión. Su cuerpo estaba muy deteriorado, mutilado tras muchas muertes y reanimaciones, tanto que apenas podía mantener sus partes unidas.

 

La lamentable criatura extendió sus manos hacia Faldrin, unas manos que parecían exudar un humo negro que atraía las sombras a su alrededor como un torbellino de viento oscuro. Pero su buen amigo Aldo se interpuso en su camino. El siempre atento y fiel Aldo, a quien tantas veces había salvado la vida recibió el toque de aquel roído resto andante. Entonces Faldrin sintió una potente sacudida.

 

Estaba aturdido por el impacto, como si una piedra de ogro hubiera caído sobre sus cabezas. Cuando pudo recuperarse vio que la Legión marchaba sobre la línea de escudos, rota por la magia negra de sus enemigos. La Máscara había acabado con su amigo con el mero contacto de su piel. Los que contemplaron aquel horror rompieron filas invadidos por el pánico. Mientras trataba de recuperar la orientación, vio cómo una lanza atravesaba el pecho de Lebriana, mientras la joven trataba en vano de contener el mástil sin poder siquiera gritar de dolor.

 

Al otro lado, Faldrin contempló el cuerpo de su amigo Aldo, exangüe, con el rostro tan blanco como la Máscara que había acabado con su vida. Paralizado por el infierno que se había desatado a su alrededor Faldrin vio que el frente de la Legión había caminado por encima de su línea y la retaguardia de su ejército trataba de contener a aquellos horrores muchos metros más atrás. Mientras, las enmascaradas abominaciones les hacían retroceder paso a paso.

 

Faldrin sabía que había llegado el final, pero por algún motivo las Máscaras pasaban junto a él sin matarlo.

 

Una retahíla de susurros incomprensibles inundó sus oídos, y fue entonces cuando vio a la siniestra figura sobre él. Aquella sombra debía de ser una de aquellas Máscaras de Ónice que había oído describir a los aterrados exploradores que las habían avistado, una presencia espectral oculta tras una máscara tan negra como la noche misma. El espectro de Ónice susurró hacia los muertos alrededor de Faldrin y como si un gancho invisible tirara de sus pechos se alzaron, de nuevo a la vida. El cuerpo de Lebriana aferró con fuerza la lanza que había segado su vida y se la arrancó sin esfuerzo, volviendo su mirada hacia Faldrin y obsequiándole con una sonrisa, mientras un rostro rígido del color de la nieve se formaba sobre sus facciones. Aldo también se alzó, como una estatua de marfil en manos de su titiritero.

 

Entonces Faldrin se asomó a los ojos vacíos de la Máscara de Ónice y flaqueó por última vez, cediendo ante el acoso de los susurros que luchaban por penetrar en sus oídos. El soldado sintió cómo la adrenalina desaparecía de su cuerpo, disipando el miedo, la angustia y el dolor. Todo se volvió mucho más plácido, menos tormentoso, y los distintos horrores que le habían hecho estremecerse cobraron sentido en su cabeza, siendo de pronto totalmente comprensibles, incluso lógicos. La nube que se formó en su cabeza sólo podía describirse como… iluminación.

 

Ve hacia la luz”, escuchó en su cabeza, y se sintió flotar en una noche que lo cubría todo a su alrededor, excepto un punto brillante en la distancia. “Ve hacia la luz”, escuchó de nuevo, y sintió que aceleraba el paso hacia aquella luminosidad. Le dolía la cara, le dolían los pensamientos, sólo podía hacer una única cosa, ir hacia aquel umbral y verse inundado por su luz.

 

Atravesó aquel punto y sintió como si los huesos de la cara estuviesen emergiendo y reconfigurándose. Era un dolor indescriptible, pero en su interior sentía que era necesario para alcanzar la salvación. Abrió los ojos y frente a él la Máscara de Ónice se alzaba majestuosa. Ahora podía ver su rostro a través de la máscara que lo ocultaba, ahora sus ojos estaban adaptados a la verdad: y la visión de extrema belleza que despedía aquel rostro le hizo chillar de devoción…