La soledad de los Valientes

 

Entre las brumas traicioneras del Paso Olvidado, todos pudieron contemplar como la llama de fuego escarlata se alzaba hacia el cielo como si quisiera alcanzar el sol. Ya no había marcha atrás, pero habían cumplido con su cometido, ahora sólo restaba vender caro su pellejo.

Reflejado en su escudo de armas, Gartanag observó su rostro, demacrado por los últimos años de guerra, primero con los Sjoolgaards y después contra la Oscuridad. Tantas cicatrices como canas poblaban su cara, y muchas más penas y desventuras acuchillaban su mente día a día.
 
La Oscuridad se encontraba a su alrededor susurrándole su destino aciago con palabras de ominoso poder. Ya apenas quedaban un puñado de valientes a su cargo, una desordenada caterva de milicianos que luchaban con fanatismo por el Reino y la ayuda inestimable de thrains y, a su pesar, interminables guerreros Skeggi.
 
Un heraldo se acercó al puesto de mando y le entregó el último informe. Del destacamento de Capas de Roble tan sólo quedaban un par de fustes, y los peores rumores afirmaban que los que no habían regresado habían vendido su alma a la Tejedora. Sin embargo, aún en la más absoluta negrura cabía un pequeño rayo de esperanza. Las fuerzas de la Dama del Atardecer, dirigidas por Eldrin del Draco, estaban teniendo serios problemas con un grupo de guerreros que diezmaban sus flancos con sus poderosas cargas de caballería.
 
- Los llaman la Compañía Maldita, mi señor, asesinos inmisericordes, quien sabe si peores que los mismos siervos de la Diosa - replicó el heraldo temblándole la voz.
 
- ¿Peores? No me hagas reír muchacho, aquí, detrás del Muro, no hay nada peor que los perros de la Gran Puta y esta insufrible soledad... Los magos de la cábala y los sabios sjoolgaard me han informado que aún tenemos una oportunidad de escapar de aquí ahora que la mecha del muro se ha prendido con el alma de Arian, la hija del Rey, y los frutos y hojas de los árboles centinela.
 
- Sí, señor. Esperemos no caer en la Sombra en el proceso - el miedo hablaba precipitadamente en la boca del heraldo.
 
- Dejad de temer, y escuchadme. He visto morir a mis hombres, he tenido que escuchar cómo afirmaban que nuestro Duque había sido sometido por la Dama; he sufrido traiciones, insurrección, contemplado como el pánico evisceraba mi baronía más rápido que las espadas de mis enemigos. No, muchacho, la esperanza de escapar de este infierno de sombras guiará mi mano y a mis huestes, seguiremos esa pista y vengaremos las muchas afrentas que la Dama del Atardecer y sus siervos nos han infringido, y si Destus nos es favorable pondrá a esa mujer en mi camino para que pueda forrarme las pelotas con su yelmo de cuervo...
 
 

 
 
Restos de entrañas, sangre y huesos rodeaban el trono donde Mandíbula de Trueno había despachado a toda la familia gobernante de Dâk-Gurâin. El ogro estaba recibiendo su baño de sangre diario asistido por una esclava thrain encadenada, completamente desnuda y a la que habían rapado la cabeza y la barba.
 
El Heraldo pisó con cuidado el pavimento, pegajoso por la sangría y los fluidos vertidos en su empedrado, para no resbalar con los cadáveres eviscerados. Tendió con mano firme, a pesar del miedo que sentía, el mensaje que portaba y la bestia lo tomó con rudeza desplegándolo frente a sus ojos negros como el ónice.
 
Las instrucciones eran claras. La Dama del Atardecer le había asignado una serie de tropas para acabar con los pocos focos de resistencia que Gartanag mantenía al otro lado del portentoso Muro de Fuego y deseaba que su tribu y sus esbirros los pulverizaran antes de encontrar un modo de escapar.
 
Mandíbula de Trueno tiró de la cadena que sujetaba a su esclava del cuello y la dejó suspendida frente a sus ojos mientras la desgraciada se ahogaba lentamente. Con los últimos estertores, el lugarteniente de la Dama pudo contemplar como la mirada de aquella infeliz pasaba de la desesperación, al lamento y por último al agradecimiento, por haberla liberado de los horrores que había tenido que sufrir a su servicio.
 
- Esos conejitos asustados ni siquiera sospechan que tienen la madriguera llena de serpientes... - masculló entre risas roncas y entrecortadas.
 
Con una fuerza inusitada tiró de la cadena y arrojó el cadáver de la muchacha contra la pared, pulverizando sus huesos en el acto. La criatura se alzó en toda su estatura y se encaramó al balcón que daba al interior de la fortaleza montañosa. Con un rugido terrible su voz se extendió como un trueno y un millar de ojos sedientos de sangre le devolvieron la mirada y alzaron sus armas en pos de su señor.