Tras la Batalla de las Cenizas...
- … y así el Viejo Reino venció a los siervos de la Oscuridad, y sus huestes se retiraron aterrorizadas por el fuego del muro que alzó la Cábala, gracias al sacrificio del barón, sus hombres y sus aliados.
Los niños comenzaron a gritar y a reír a carcajadas, y el anciano les pidió más silencio, pues ya había pasado la medianoche, y sus padres podrían despertarse y reprenderlos a todos.
- Sí, niños, la Cábala y todos nuestros aliados nos dieron esperanza para continuar con nuestras vidas, pero aún quedan resquicios de ese antiguo mal, por lo que debéis tener cuidado cuando viajéis por el bosque, la llanura y sus alrededores, más aún cuando cae la noche. Sólo espero que algún día seáis tan diestros con el arco como lo fue vuestro abuelo – susurraba en anciano al tiempo que les guiñaba un ojo, confidente.
- ¡Gracias, abuelo! – respondieron los tres al unísono, alzando la voz una vez más.
Una figura se comenzó a perfilar al otro lado de la habitación, donde apenas llegaba la luz de la chimenea. El anciano la advirtió y mandó a los niños a la cama, entre quejas y refunfuños. Cuando abandonaron la estancia, la figura tomó asiento en el suelo junto al viejo.
- ¿De qué te sirve mentirles, Cor? Lo único que estás consiguiendo es que les sea más duro ver la realidad cuando crezcan – dijo la figura mientras extendía sus arrugadas manos hacia el calor del hogar.
- No les he mentido, así me lo contó mi abuelo y el Stepion también cuenta algo parecido.
- Pero tampoco te dijeron la verdad, y ya sabemos que el Stepion tiende a exagerar muchas cosas, ¿no te parece? No entiendo por qué se estudia en todas las escuelas, cuando está más que claro que es un relato de autobombo Sjoolgaard – masculló la figura al tiempo que echaba hacia atrás la capucha que velaba el rostro de rasgos afilados de una anciana de pelo plateado - Seamos francos, Ezar Cor, no hemos vencido, sólo hemos ganado tiempo, ochenta años de momento, pero ¿cuántos más crees que aguantaremos los embates de la Diosa?
El viejo recogió la manta sobre la que se había tendido junto a sus nietos para echársela sobre los hombros, arrugando el gesto y frunciendo el ceño ante lo que tenían que escuchar sus oídos.
- Sí que ganamos, Seoane, ganamos la esperanza, algo que en los tiempos de mi padre era algo que escaseaba, si no fuese por los Elfos, los Thrains, la Cába…
- ¡No me hables de las bondades de la Cábala, viejo! – responde exasperada la anciana - Llevo la mitad de mi vida escapando de sus agentes. Para mi y los míos el Muro es una jaula. La Diosa nos tiene aquí encerrados desde el Concordato, esperando el momento en que se aburra de sus mascotas y decida enviar a todas sus fuerzas para borrarnos de la existencia…
- No alces la voz, o me meterás en un buen lío – susurró Ezar Cor mientras hacía gestos con sus huesudas manos – Pero también te diré, hermana, que los tuyos os obcecáis en mantener una desunión entre los pueblos, los brujos y brujas como tú no queréis formar parte de la Cábala, y es algo que jamás me entrará en la cabeza.
- No tenemos por qué darte explicaciones sobre nuestras razones, más aún cuando te deben de haber sorbido el seso con su dichosa palabrería. Tantos años sirviéndoles que te has infectado de su carácter – respondió la anciana Seoane con un gesto de asco, como si hubiese olido algo nauseabundo.
- No creo que esas palabras hayan enraizado en mi corazón, hermana. Si hubiese sido así, como Capa de Zarza que fui ya te hubiese entregado a ellos o te hubiera matado, pero en lugar de eso te he encubierto tantas veces como ha hecho falta. A ti, a los tuyos y a esos elfos con los que os juntáis…
Un golpe seco contra el muro exterior a la cabaña hizo sobresaltarse a los dos interlocutores. Al principio no supieron de dónde provenía, hasta que un rostro del color del hueso se formó al otro lado de la ventana, iluminado por la tétrica luz de la luna.
- ¡Máscaras de Marfil! – gritó en anciano, al tiempo que se lanzaba bajo la mesa rebuscando nerviosamente con las manos algo que no conseguía alcanzar.
Otros seis rostros marfileños se agolpaban más allá del cristal cuando la primera de ellas destrozó en ventanal con un horrísono golpe de su maza. Los gemidos y lamentos de las criaturas comenzaron a invadir la gran sala al tiempo que un viento helado y húmedo apagaba las llamas de la chimenea.
- ¡Cor, ve a por los niños y sus padres, yo les retendré! – ordenó con voz autoritaria la anciana mientras rebuscaba en su bolsa de viaje.
El anciano por fin alcanzó el arco de cedro tallado y el carcaj, así como su cuchillo de caza y con un paso rápido, que no parecía pertenecer a alguien de su edad, cruzó la sala y subió las escaleras de la casa sin apenas tiempo para despedirse de su hermana.
La bruja Seoane entonó un cántico en una extraña lengua antigua, mientras lanzaba a los pies de las Máscaras lo que parecían dos huevos de codorniz. En apenas unos instantes el muro por donde estaban cruzando las criaturas se cubrió de unas mágicas telarañas tan gruesas como cuerdas y dos arañas diminutas salieron de los huevos y comenzaron a crecer hasta alcanzar el tamaño de un ternero.
Las bestias comenzaban a morder y desmembrar a las Máscaras cuando la anciana escuchó caballos galopar alejándose de la casa. Sin duda Cor lo había conseguido y ya era hora de desaparecer de aquel lugar.
Un fogonazo de luz verdosa y la bruja y las arañas ya no estaban allí. Las máscaras dieron buena cuenta del lugar, quemándolo hasta los cimientos. Esta vez habían conseguido escapar, pero no podrían huir para siempre de los designios de la Diosa.
Terra Incógnita, ¿te atreves a adentrarte en sus secretos?

